La familia venezolana pareciera navegar en estos tiempos hacia la promesa del Mar de la Felicidad por aguas inseguras y en un barco que hace aguas. Nuestro Capitán, que es quien mas tiene que decir y quien mas resuena es la clave para hacernos pasar sanos la tempestad y salvarnos del naufragio, pero todo nos indica que el barco avanza enfrentado directo a la tormenta y angustia mucho la duda de no saber si la estructura está en capacidad de soportarla o los tripulantes en condiciones de enfrentarla.
La criminalidad no encuentra su medida de control, los funcionarios se sienten impotentes o incompetentes ante el auge del hampa y la impunidad criminal pareciera mayor que la capacidad judicial de sancionar delincuentes, de cualquier tipo; los muertos ni eso son, porque no los relacionan en los reportes de sucesos al comienzo de la semana; chóferes y peatones quedan agradecidos del delincuente que los despoja pero no los mata; los empresarios no son considerados por el Estado como factores de aporte al desarrollo nacional y del progreso, sino como delincuentes sociales que atentan contra la felicidad colectiva; los comerciantes que se dedican a su comercio pierden sus negocios y si no lo hacen los amenazan de quitarle sus empresas; las regulaciones de precios no controlan la inflación y el desabastecimiento amenaza con descontrolarla por completo; las calificaciones técnicas de los contratistas no son relevantes para el otorgamiento de buenas pro, que dependen mas de adjudicaciones directas; los propietarios viven en la zozobra de no saber que va a suceder con el derecho de propiedad; los maestros no saben si los héroes de la patria son los que son o eran otros; los muchachos no saben que es lo que deben aprender en la escuela; los tribunales administran justicia para aquellos que acceden a ella por los caminos verdes; las mujeres abusadas no consiguen respuestas a su drama; los pacientes no saben si encontrarán los medicamentos para curar sus males; la educación bolivariana pareciera que acabará o no acabará con los patrones de valores sociales de la educación tradicional venezolana; los empresarios que requieren protección no saben si la protección arancelaria es mejor o peor para el futuro de sus empresas y el empleo nacional; el dólar oficial es barato y conveniente pero no se consigue y la posibilidad de conseguirlo en mercados paralelos puede someter a los individuos a la justicia criminal; las denuncias de corrupción parecieran mostrar que está fuera de control y los venezolanos de bien no saben si la conducta responsable y ciudadana es efectiva para enfrentar la inseguridad en que vivimos, entre otras.
Es tal nuestro ambiente de inseguridad, que ya hay quienes dudan si Jesucristo está con nosotros o contra nosotros, porque nos distraemos averiguando si es socialista, comunista, oligarca o libre empresario.
Con todas las buenas intenciones que es justo reconocer en el Jefe del Estado, el deseo del Presidente de dar soluciones a los problemas fundamentales de la sociedad en el marco del socialismo XXI cuyo concepto no está claro todavía ni para quienes aspiran formar parte del Partido Único Social, lamentablemente solo se contribuye con exacerbar el clima de inseguridad que a partir del 10 de enero parece crecer en proporción a la profundización de la revolución y que elevó la angustia general luego de que la ley habilitante pareciera ser una herramienta de terror mas que una facilitadora del proceso de recomposición del Estado, porque constantemente se utiliza la posibilidad de emitir leyes que criminalizan o castigan a los ciudadanos y/o empresarios, por conductas que hasta hoy nadie había considerado criminales, mientras las conductas tradicionalmente criminales no son ni siquiera consideradas como tales.
No debe ser cómodo calzar las botas de Comandante de este barco, porque el problema es serio; pero nuestro destino es común y todos tenemos un grado de aporte. La lucha contra la inseguridad tiene dos grandes frentes: uno emocional y otro estructural; ambos se combaten con decisión y firmeza, pero el régimen tiende a identificar enemigos en aquellos sectores que le advierten de las dificultades que se enfrentan, mientras escucha con cierto grado de tolerancia a quienes le apuestan y juran su deseo y disposición de sacrificio hasta el final pero le ocultan las realidades, aunque ello implique que nos hundamos todos y naufraguemos en la tempestad.
La inseguridad la alimentan la impunidad y la incertidumbre. Y como en toda buena familia, el ejemplo de los padres es esencial para moldear la conducta de los hijos. No es posible pretender controlar la inseguridad aguas abajo, cuando la impunidad ante la corrupción administrativa, por ejemplo, es percibida hasta por el mas simple de los ciudadanos, ni cuando alrededor de las grandes decisiones de gobierno, el interés particular no es eliminado por una verdadera voluntad de promover el interés general.
Todos los miedos se disipan frente a la luz del conocimiento. Reglas claras, bien definidas y que perduren garantizan que cada miembro de la sociedad asuma su papel frente a ese destino que es común a todos los venezolanos. Pero ese conocimiento debe ser total, para que el miedo se disipe totalmente. Esto de un socialismo en construcción, junto con la habilitación legislativa según convenga y la reforma constitucional que se hace sin un norte claramente comunicado al país no puede ser bueno para navegar en los tiempos que se avecinan.
Todo el país requiere de mayor seguridad frente a donde y como vamos a enfrentar la tormenta. Pero la voz de mando resuena dentro del barco amenazando a los pasajeros con echarlos por la borda, sembrando miedo y terror paralizante, distrayéndolos del esfuerzo colectivo necesario para pasar la tormenta, que es la que en realidad nos amenaza a todos, incluso a las voces disidentes que el Presidente debería escuchar con mas atención, porque seguramente allí hay avisos mas sinceros de donde andan los peligros y amenazas a la estabilidad de la nación y por mas que queramos hacer ver que todo está bien, los pasajeros se están mareando.
En el camino de la democracia, la democracia es el camino.
miércoles, 28 de febrero de 2007
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